Las fortalezas de La Riojilla

Artículo extraído del libro de Rufino Gomez Villar “La comarca de Belorado: toponimia y antropología”.

En la confluencia del río Retorto con su tributario el arroyo de Ventosa, es una muy pequeña elevación, se ven diseminadas por al superficie del labrantío tejas, piedras y yesones. Aquí se levantó la torre-fuerte de Tosantos. Al lugar se le titula La Torre Vieja.

Sobre las colinas que animan la variada geografía comarcal no destacan ya las, por otra parte tan fácilmente identificables, siluetas de castillos, cercas y torres defensivas. Con las viejas arquitecturas militares de la zona el discurrir lento del tiempo o la destrucción planificada por los hombres no se han mostrado demasiado piadosos. Hoy tan solo emerge de la superficie, semiderruida y desnuda, la Torre del Homenaje del castillo beliforano.

Al hablar de este tema resulta inevitable no retroceder hasta los tiempos difíciles de la repoblación medieval, es decir de la reordenación política y administrativa de ese territorio periférico del valle del Ebro. Conducida por los reyes astur-leoneses, la repoblación oficial había marcado a finales del siglo IX una línea defensiva cuyos hitos orientales principales estaban señalados por las defensas de Miranda, Cellorigo, Cerezo, Ibrillos y Grañón. En retaguardia quedaban ya  La Bureba, Burgos y la Llanada alavesa, y desde sus alturas se divisaban las codiciadas tierras del Ebro.

Es a partir de ese momento cuando el castillo-fortaleza de Cerezo enseña su valor estratégico al proteger los dos pasos utilizados para llegara  Castilla: el tramo de la vieja calzada romana “de Italia in Hispanis” y el enlace transversal con el camino que unía Nájera con Oca – por Grañón, Ibrillos y Belorado – y, a través del desfiladero de los montes homónimos, con el río Arlanzón. El castillo cerezano, que bajo la dominación musulmana pudo servir de abastecimiento y descanso para las primaverales incursiones de castigo dirigidas contra los cristianos del norte, es ahora la sede organizativa de todo el Alto Tirón. Los muros de la fortaleza protegen las viviendas del  representante condal, el merino, que administra justicia en los numerosísimos núcleos rurales de su extenso alfoz, del alcaide de la fortaleza, las iglesias, los palacios del clero y de los señores poseedores de tierras. Desde la toma de Cerezo (891) por los notables alaveses Vela y Tello1 quedó esbozada una unidad administrativa que, en buena parte, coincide con la actual comarca, por eso la fortaleza cerezana fue algo más que un importante baluarte militar.

Las ruinas del castillo cerezano se ven, mejor sería decir que se adivinan, sobre el cerro cuya ladera oriental sirve de solar al caserío de la población. Desde esta altura se contempla todo el territorio del valle del río Tirón y las alturas de La Demanda y los montes Obarenes, y se puede establecer comunicación visual con otras colinas privilegiadas, entre ellas las de  los castillos de Ibrillos, Grañón y Belorado. A pesar del estado de ruina en que se encuentra pueden  reconstruirse algunos lienzos de la cara este, edificados en el tradicional tapial de canto de río, y la planta general de todo el conjunto, acomodada a la forma de la cima. Los cimientos de la torre del homenaje sobresalen en el extremo nororiental de su planta rectangular, en el punto de más fácil acceso de todo el conjunto.

Reconstrucción del castillo de Cerezo

Tampoco quedan mas que los cimientos de una torre en la cima de la colina en la que se recuesta, al abrigo el viento del norte, la población de Ibrillos. El lugar fue cabeza de un pequeño alfoz y recibió fueros en torno a 1199.

El Castillo, un pequeño castro celta  utilizado por los romanos, forma parte de la serie de cerros testigos alineados de este a oeste junto al milenario camino de Tricio a Oca: Cerro Grañón, donde se erigió el famoso castillo de Mirabel;  El Castillo de Ibrillos, el Cerro de Castildelgado, el robledal de Burandón y la colina del castro de La Muela, en Belorado. La fortaleza de Ibrillos, destruída por Alfonso III en 896, contó con una serie de murallas concéntricas, apenas visibles hoy, excavadas directamente en los suelos calizos de la colina.

En todo caso resulta difícil imaginar  sobre el terreno la potencia defensiva de la crónica de rey astur atribuye a esta fortaleza adelantada, tanta como para que la historia haya individualizado al tercero de los Alfonsos con el sobrenombre de “el que destruyó Ibrillos”.

Estructurando de acuerdo con alguna antigua tradición con reminiscencias romanas el alfoz de Oca había quedado detrás de esta frontera. En él se incluía el valle homónimo, hasta Villanasur, y los montes que rodean la legendaria civitas. Del castillo de Alba, desde donde los tenentes gobernaron la jurisdicción, no quedaban más vestigios que lo que parece ser el aljibe de la torre, construido en un escarpe rocoso, junto a las ruinas de la aldea de Alba2.

Como muy tarde a partir del siglo XII el auge de las villas asomadas al borde del camino de Santiago hizo que la cabecera del alfoz se trasladara a la entonces pujante población de Villafranca. Se edificó allí, dominando por el norte el caserío  el camino francés, una fortaleza con cierto empaque arquitectónico, cuyos muros desmochados componen todavía un recinto rectangular. No obstante el derribo casi total de las murallas de La Cerca (ocurrido a mediados del siglo XIV) se puede situar la posición de la puerta principal y la de algunas torres de flanqueo, al menos en uno de sus lados largos.

Ruinas del castillo de Belorado

El primitivo nombre de Belorado, el que recibía la pequeña aldea cuyas casas se amontonaban al amparo de la iglesia de San Nicolás, sugiere como elemento arquitectónico destacado en su entorno la existencia de algún fuerte. No es otro el significado de  Foratu < Forado3: barranco, garganta, hoz, puerto atravesado por un río o un camino que exigía, generalmente, la presencia de una torre de vigilancia. Es lo que debió ocurrir con la antigua calzada que, entre las colinas de La Muela de Castro y la de El Castillo, desciende presuntuosa hacia el valle del Tirón, en busca del vado que permita acceder – ¿existía ya un puente de piedra? – al poblado romano de La Mesa y a Oca. Resulta más difícil decidirse por la localización exacta del primer fortín, tal ves una torre en la colina de La Muela guardada por los restos de las murallas célticas o, quizás, el castillo primitivo en su actual emplazamiento. Y todo sin que podamos eliminar la posibilidad de  que se levantaran defensas en ambos solares3. En cualquier caso, mediando el siglo XI, las fuentes escritas certifican la existencia del Castro y del Castillo:

Una in Castro. Et altera, in Castriello”4.

Año más tarde (en 1076) el reino de Pamplona tenía protegida su frontera castellana con las tenencias de Belorado y Pancorbo. En esa fecha el rey Alfonso VI tomaba La Rioja, desde Belorado hasta Logroño. Es a partir de  esos años, en el contexto de los vaivenes militares inducidos por las luchas entre las dinastías navarras y castellanas, cuando las defensas de la zona se refuerzan y recobran una gran importancia estratégica. La frontera se convirtió en una línea movediza marcada en ocasiones por el curso del río Tirón o, posteriormente, por el arroyo de San Julián, con Alfonso VIII. Se renovaron entonces las potencialidades militares de los castillos de Cerezo, Ibrillos y Belorado, los cuales a pesar de todo, cambiaron de propietarios con frecuencia. En 1160, por ejemplo, el rey de Navarra, Sancho VI el Sabio, volvió a fortificar las defensas del fuerte cerezano.

En esta tesitura se construyó una torre en Pedroso, probablemente y tal y como indica la toponimia en el Cerro Moncastro. Su función principal debió de ser la vigilancia de Belorado. El fuerte, sin ningún valor intimidatorio, estuvo controlado a finales del siglo XI por el gobernador de Oca, Álvaro Díaz, que se titulaba “teniente de Oca y Petroso”5.

El castillo de Belorado se menciona expresamente en el sorprendente e inaplicable testamento del rey de Navarra y Aragón Alfonso I, el Batallador, que dejó a la orden militar de San Juan de Jerusalén heredera del reino. Una de las mandas testamentarias recogía el otorgamiento del castillo “con todo su honor”, es decir con todos los bienes muebles e inmuebles anexos, al monasterio de San Salvador de Oña.

Las idas y venidas de los ejércitos navarros y castellanos por el tramo de la calzada que une Nájera con Oca contribuyeron a hacer del castillo sede habitual de la corte. El rey Alfonso VIII de Castilla, por ejemplo, inició en la villa las campañas de la guerra contra Navarra de 1173, 1174 y 1176; en Belorado estaba descansando tras firmar, en 1177, el acuerdo arbitral con Navarra, y en 1202 concediendo a la población el fuero de Burgos en materia de homicidios.

Todavía en 1177, en las alegaciones presentadas en ñas negociaciones de Londres, la cancillería navarra sostenía la pertenencia a Pamplona de los castillos y poblaciones de Cerezo y de Grañón. En el pleito judicial mantenido por el rey de Navarra, Sancho VI, con el de Castilla, Alfonso VIII, se incluía además una reclamación puntual sobre Belorado y su fortaleza:

[…] que el emperador [Alfonso VII] había devuelto al rey García, su padre, y que, muerto éste, el mismo emperador arrebató a Sancho, actual rey de Navarra, quien lo tenía en paz como su propia heredad.

El laudo arbitral dictado por Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra, dejó las cosas como estaban en ese momento: las tierras del Tirón permanecieron en poder de Castilla, no así las actuales  Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, que formando parte de Navarra. Al acto de la firma acudió como testigo el conde Rodrigo Gómez, teniente de los castillos de Cerezo y Belorado.

Castillo con el caserío de Belorado al fondo

La torre beliforana presenció en el siglo XIV alguno de los peores episodios sangrientos de la larga contienda que enfrentó al rey Pedro I con su hermanastro Enrique de Trastámara. Para entonces la nueva cerca de la villa había cumplido su  primer centenario, aunque los muros no pudieron evitar el saqueo de la población ni su posterior destrucción por los soldados mercenarios de las Compañías Blancas de Beltrán du Guesclin. El dato ejemplifica bien la endeblez de las defensas, custodiadas además por simples milicias urbanas, ante la presencia de ejércitos organizados; por eso lo habitual era abrir las puertas de las murallas ante las primeras señales intimidatorias. Lo contrario significaba, inexorablemente, el arrasamiento de la población y la muerte de la mayoría de sus habitantes. No obstante la cerca sirvió con eficacia para prevenir asaltos de bandas de malhechores o de mesnadas dispersas  de los distintos ejércitos que, una y otra vez,  usaron para sus desplazamientos la calzada “de Rioja a Castilla”.

Durante la Edad Moderna las murallas y torres defensivas fueron poco a poco limitando sus funciones hasta reducirse a simples barreras de naturaleza fiscal: en los postigos y puertas de San Juan y de Arenas se plagaba la alcabala y el portazgo, y los oficiales municipales controlaban la entrada del vino, la sal y otros productos cuya comercialización estaba trabada por la normativa real o municipal. A comienzos del siglo XVIII la figura del alcaide, el gobernador del castillo, era ya sólo nominal, de echo el de Belorado, ante la ruina de la torre, había trasladado su residencia a la ciudad de Santo Domingo.

Desde el siglo XIV comienzan a mencionarse las casas-fuertes, edificaciones que sirvieron de residencia  a las familias propietarias de los pequeños señoríos de la zona. Estas torres, con muy poca capacidad de disuasión ante un asedio militar, a mitad de camino entre el palacio rural y el pequeño castillo, fueron sobre todo uno más de los signos de afirmación de la nobleza feudal. Con el correr del tiempo algunos de estos linajes nobles tuvieron que hacer frente al poderío creciente de las villas. Las ciudades grandes o pequeñas emulaban el comportamiento orgulloso de los notables comprando señoríos o litigando incansables por su propiedad.

Un buen ejemplo de lo anterior es el que proporciona la adquisición por el concejo de Belorado del señorío de Terrazas. La villa, propietaria con anterioridad y por compra de un buen número de fincas en le lugar, consiguió en  1406 la titularidad del señorío de la aldea. La Real Audiencia de Valladolid falló a  favor de Belorado poniendo fin a un litigio de décadas que la enfrentaba, desde 1387, a los sucesores de Ruy Díaz de Terrazas, el notable que había hecho donación  de sus derechos a la villa6. Cuenta Ortega Galindo que tras el, imaginamos, costoso proceso y en un exceso de arrogancia los vecinos de Belorado abatieron, en vereda concejil, los paredones de la torre, cuya presencia, dice el autor de Belorado: estudio de una villa en la Edad Media, “ofendía las libertades de la villa”.

El mismo final pudo tener la Torre Vieja de Tosantos. En 1414 la aldea pasó a la jurisdicción de Belorado, después de la compra que se hizo a  su anterior señor, el infante Don Fernando, rey de Aragón.

En tierras hoy de  Redecilla del Camino hubo dos aldeas, Villareina y Villosceros, con casa-torre, cerca del río Reláchigo y del camino de Bascuñana, al sur de la villa, cuesta reconocer los escasísimos materiales constructivos relacionados con “El Castillo”, probablemente la torre-residencia de los señores de la villa.

Más nítidos aparecen los restos de la torre de Villosceros – Govantes llama al lugar Torre Orceros – muy cerca ya de los límites con Grañón, junto al riachuelo que llaman Villar. Aquí el poblado – documentado desde 1198 – degeneró en una granja que en el siglo XVIII había sido ya absorbida por Redecilla.

Fortificada en el siglo XIII al mismo tiempo que la vecina población de Grañón, Redecilla estuvo cercada por una muralla perimetral de la que no quedan elementos arquitectónicos identificables.

En el catálogo de castillos de La Riojilla debemos incluir también la casa-fortaleza que dio nombre a Castildelgado. El lugar, que aparece en el 956 como Villa de Pun (Albelda núm.22), nombre conservado hoy en el habla popular de la comarca, era en esos años la sede de un mercado comarcal. En el siglo XVI la población cambió su antigua denominación por el apellido del notable Jerónimo Gil Delgado, cuya familia conservó sus derechos señoriales sobre este lugar y la cercana población de Ibrillos hasta el acabamiento de estos privilegios. El solar del palacio se sitúa  al borde del Camino de Santiago, al sur del pueblo, en el punto donde solamente unos años se veía un arco de sillería que servía de puerta al recinto amurallado de la casa.

Según apunta la toponomía en las elevaciones de La Loma se construyeron también algunos edificios de carácter defensivo. Para proteger los poblados que fueron surgiendo en el fondo de los barrancos de sus accidentada geografía, al borde de los caminos que enlazan el valle del Oca con cerezo. Es lo que sugiere el nombre de Castil de Carrias, Castrillo, población donde se localiza un pago conocido como Castro, en cuyo entorno pueden rastrearse restos cerámicos y otros materiales dispersos relacionados con alguna desperdigada construcción de índole militar. Es oportuno señalar ahora que en el valle de Redecilla del Campo, entre este lugar y la aldea de Quintanilla del Monte, existió una población homónima, Castrillo de Recuercedes, citada en 1151 entre las incluidas en el alfoz de Cerezo. Un vocablo de contenido topográfico, Trascastillo, es sin embargo  la única referencia que conocemos sobre la pasada existencia de un castillo en ese despoblado.

A través de la escritura de venta  dada en 1407 por el noble Juan Martínez de Rojas, en favor de Juan de Velasco, sabemos de la vida de una torre-fuerte en Quintanaloranco. Sin embargo no quedan en la memoria de las gentes de la población recuerdos de la torre ni se han encontrado vestigios arquitectónicos que permitan enmarcar la construcción en la geografía del lugar7.

También en  Cueva-Cardiel existe un término de nombre Los Castrillejos y las ruinas de una torre, contigua al solar de la desaparecida parroquia de San Cucufate, a la que los vecinos llaman La Torre de Doña Urraca. Muy cerca de aquí, en el punto de confluencia de las carreteras que desde Villafranca, Cerezo y Briviesca se dirigen a Burgos, se levantó la fortaleza de Alcocero. El castillo, es lo que significa el arabismo romanceado al-quisir= ‘alcocer’, se documenta desde el año 934, en ocasión de una razzia de Abd er Rahman III.

Para terminar el extenso recorrido por el extinto patrimonio de casas-fuertes por nuestros pueblos, debemos  citar las ruinas del castillo de San Vicente, edificado sobre una cuestecilla lindante con la fábrica de la famosa iglesia de Santa María. En otros ejemplos únicamente queda el valor afirmativo que queramos adjudicar a la toponimia: Castillobello y la Torre Luna, en Fresneda; El Castillejo, en Valmala; el alto Castrillo, en Rábanos, etc.

  1. En un doc. de 936 se recuerda el suceso: “… quando Abelmundar Telluz ista terra populavit…”. S.M. Serrano. Doc núm. 28.
  2. El lugar se conoce como “La Torre”
  3. “Vitas, de Villa Foratu”. S.M.  1049. Ubieto. Doc. núm. 259.
  4. Una de las callejuelas del barrio de San Nicolás, orientada hacia el camino citado, se llama de los Castrillos. N.A.
  5. S.M. 1049. Doc.Cit.
  6. Martínez Díez se ve obligado – Pueblos y alfoces burgaleses – a incluir en el territorio del Alfoz de Belorado, a todas luces una posición de mayor valor estratégico y mayor potencialidad militar que Pedroso, y nada menos que a todo el valle de San Vicente, un área independiente de Cerezo. Por otra parte toda la margen izquierda del Tirón, Incluyendo Tosantos, Pedroso, Osmillas, Terrazas y Sagredo, la granja de Fresno, el monasterio de San Román de Tirón, hoy términos de Belorado, estuvieron bajo la jurisdicción de la cívitas cesariense hsta le año 1116. Este tema ha sido tratado con más acierto  por David Peterson en el capítulo VI, “Identidad y Organización comarcal”, pp.162-169, de su trabajo El Valle de San Vicente en la  Alta y Plena Edad Media. En imprenta.
  7. Belorado en la Edad Media. Flor Blanco.
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