Los jóvenes y su fiesta en La Riojilla de 1700

Extraído del libro de Rufino Gomez Villar “Belorado y su comarca: Economía, Sociedad y Vida cotidiana (1700-1813)”

En el contexto de una sociedad rural que conformaban los pueblos y aldeas de la comarca, los jóvenes aparecían como los organizadores y protagonistas de las fiestas que salpicaban el calendario, repitiendo un año tras otro un ciclo emocional paralelo al que  ejemplariza la naturaleza a través de las estaciones, y el hombre a lo largo de su vida.

Existía en todos los pueblos una asociación de mozos estructurada a imagen de toda la comunidad: un alcalde de mozos elegido anualmente por votación, un alguacil encargado de controlar la asistencia a las reuniones y de imponer las multas ocasionadas por inasistencia a las rondas, una casa de reunión para todo el mocerío masculino… todo ello basado en unos estatutos tácitos e inmemoriales que  expresaban, remedando los comportamientos de la sociedad aldeana, sobre todo un sentimiento de pertenencia a un grupo cerrado.

En las festividades con un mayor significado estacional interpretaban los papeles estelares tocando sin interrupción las campanas las noches de Santa Ágyeda y de Todos los Santos, talando y plantando el mayo, escenificando las comitivas, juegos y disfraces de Carnaval…; y así hasta llegar al momento de máxima tensión festiva en la noche de San Juan.

Una de las fiestas mejor estudiadas es la de Carnaval. Su organización corría a cargo de la corporación de mozos a cuyo frente se colocaba el cachibirrio. Este personaje bufonesco, generalmente el alcalde de mozos, llevaba la cara pintada de negro y su traje estaba cruzado por ocho cencerros que hacía sonar rítmicamente, al compás de los movimientos de una verga de rabo de toro que el mismo portaba como símbolo de rey de la fiesta. El cahibirrio, cuya figura ambivalente ha sobrevivido en la danza, tenía, entre otros privilegios, el de dirigir el pasacalles de mozas, el domingo de Carnaval, y el de mozos, el martes; ambos encaminados a conseguir de los vecinos las viandas necesarias para la merienda del último día de la fiesta. También era de su responsabilidad evitar, incluso a puñetazos, el robo del tradicional gallo.

Entre los elementos de la fiesta destacaba el enterramiento hasta la cabeza, la muerte a pedradas y el intento de robo de un gallo por parte de los elementos exógenos al grupo moceril, representados por forasteros y casados. El animal funcionaba como portador del símbolo del chivo expiatorio y su sacrificio regenerador sustituía en el ritual carnavalesco a otras figuras malignas presentes en los carnavales rurales de Europa: el bandido ajusticiados, el invierno, etc. Esta escenificación carnavalesca se repetía en los pueblos del Valle del Urbión y en otros lugares cercanos acompañada por los ruidos de las bramadoras y la quema de máscaras pantagruélicas (Riberón, Perico Paja, la Vaca Rabona…).

Dibujo de la corrida del gallo (Extraído de una fotografía publicada en Santa Cruz del Valle Urbión)

El desarrollo festivo transcurría entre el bullicio, als bromas y la violencia subliminal, apenas sofocada por la muerte vicaria dle gallo, y terminaba, como no podía ser menos, con la merienda de mozos y mozas en la taberna del pueblo.1

Los mozos amparaban también la costumbre de las rondas nocturnas, cantando acompañados de instrumentos musicales ante las casas de las mozas. Contra esta agresión continuada al sueño pacífico de los vecinos y los excesos y broncas que habitualmente acababan con peleas e incluso con la muerte de alguno de los participantes, las ordenanzas municipales repetían anualmente su prohibición:

Que ninguno de los mozos solteros, vecinos y habitantes, “y mucho menos mozas solteras ni casadas”, sean osados salir de ronda con tamboril ni otro instrumento, ni anden por las calles en patrullas después de anochecer, por los gravísimos inconvenientes que han resultado y se han experimentado en esta república.2

Las autoridades municipales, conscientes de que la oscuridad protegía a los grupos de jóvenes en la comisión de alborotos, controlaba los horarios de sus reuniones, llegando a prohibirlas incluso dentrod e domicilios particulares:

Que ningún vecino y habitante de esta villa sea osado de admitir en su casa mozos solteros, hijos de familia, ni criados y con especialidad no consienta que con algún pretexto ni motivo perseveren pasadas las nueve de la noche, ni los padres ni amos lo toleren en manera alguna, pena de dos ducados.3

En el auto de buen gobierno de 1806 se llegaron a desautorizar todo tipo de salidas nocturnas:

Que ninguna persona ande de noche ni con armas ni sin ellas, pena de  10.000 mrs, que no anden cuadrillas con armas, ni sin ellas, con garrotes ni otros instrumentos ofensivos, ni hagan esquinas ni alborotos.

Pero si al mentalidad patriarcal toleraba a duras penas las comitivas bullicosas de jóvenes varones, no mostraba la misma condescendencia respecto a las muchachas: y mucho menos mozas solteras, ni casadas. A ellas les correspondía un papel pasivo y paciente en espera de la solicitud de matrimonio, a ser posible de un mozo del pueblo, ya que la elección de un forastero o de un viudo alteraba el delicado equilibrio del mercado matrimonial y acarreaba problemas con la asociación de mozos. Si la joven optaba por romper el cerco de intereses comunes a la aldea y moceaba con un forastero, el mocerío consideraba su decisión como un ruptura grave de la solidaridad local y respondía con amenazas al novio y cencerradas nocturnas ante la casa de la joven. La respuesta violenta se expresaba con las anteriores formulas rituales aunque, en la mayoría de las ocasiones, se podía evitar con el pago de un rescate simbólico materializado en una cántara de vino para los mozos.

Republico el vídeo del documental Belorado:  el hombre y las estaciones  que muestra esta costumbre del día de carnaval

1. Los informes para la reconstrucción de este carnaval han sido recogidos en Rábanos, Santa Cruz del Valle, Garganchón, San Vicente del Valle, Villagalijo y Turrientes

2. Autos de buen gobierno de Belorado. 1775, 1806. Archivo Municipal de Belorado.

3. Auto del buen gobierno de Belorado. 1806. Archivo Municipal.

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